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  • Libertad Diario

NADA QUE FESTEJAR DESPUES DE LA VISITA

Guillermo Fabela Quiñones


Era tan previsible lo que ocurriría en la reunión en la Casa Blanca entre los mandatarios de México y Estados Unidos que no tiene sentido hacer más comentarios que los que abundaron en los medios mexicanos durante la semana pasada. Se apuntaló la inevitabilidad de una relación simbiótica de amor-odio que perdurará hasta el fin de los tiempos, si antes no hay transformaciones de fondo en los pueblos de las dos naciones, única alternativa para que se produzcan cambios estructurales progresistas. Por ahora no hay bases para un optimismo razonado, como lo patentiza la reciente Declaración Conjunta de los máximos organismos globales que titularon Programa Mundial de Alimentos (PMA).

En este documento, firmado por los responsables de la FAO (organismo de la ONU para la Agricultura y la Alimentación), el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial (BM) y la Organización Mundial de Comercio (OMC), se alerta al mundo sobre el riesgo de que mueran al menos 345 millones de personas en 82 países por falta de alimentos; instaron a los gobiernos a tomar medidas urgentes, antes de que se agrave aún más tan dramática situación. Arrojan la culpa, sin más puntualizaciones, a la pandemia de Covid-19, a la interrupción de las cadenas de suministros internacionales y, no faltaba más, a la guerra en Ucrania.


SIN COMPROMISOS LOS CAUSANTES DE LA CRISIS PLANETARIA


Dichos organismos globales concluyen con un exhorto sin sentido, en tanto que no se comprometen a nada en específico: “Hacemos un llamado a los países para que fortalezcan las redes de seguridad, faciliten el comercio, impulsen la producción e inviertan en una agricultura resiliente. Es de vital importancia apoyar a los países en desarrollo afectados por los aumentos de precios y la escasez para satisfacer sus necesidades urgentes sin desviar los objetivos de desarrollo a más largo plazo y también para minimizar cualquier riesgo de malestar social”.

Lo único que se puede objetar, con profundo malestar por el infinito grado de cinismo de los máximos organismos defensores de la realidad que dicen les preocupa, es su firmeza en culpar a los gobiernos de los países más afectados por sus políticas depredadoras, sin un asomo de autocrítica ni mucho menos un elemental compromiso con la parte que a ellos les corresponde, a fin de superar la crisis que desembocará en la hambruna que se avizora para muy pronto. Se muestran ajenos por completo a lo que está ocurriendo en el mundo, cuando su responsabilidad como organismos rectores de la marcha económica y social del planeta es incuestionable.

Lo que estamos viviendo en este momento es consecuencia de sus políticas económicas y financieras encauzadas a fortalecer el modo de producción que ha empobrecido a las economías emergentes, las cuales apenas estaban paliando los problemas inherentes a la explosión demográfica que se produjo después del fin de la Guerra Fría. ¿No sería más razonable que en vez de un “llamado” tan cínico y abstracto dieran a conocer medidas básicas que pueden y debieran implementar para evitar la hecatombe que se avecina, por ejemplo, aplazar el pago de la impagable deuda externa del tercer mundo y descontar intereses conforme a la gravedad en que se encuentre cada país?


IMPOSIBLE PROGRESAR SIN ATENDER DEMANDAS SOCIALES


¿Cómo piden que las naciones más afectadas por el neoliberalismo asuman las consecuencias de la voracidad de sus élites? ¿Con qué recursos demandan que se fortalezcan “redes de seguridad” y que inviertan “en una agricultura resiliente”? ¿Cómo piden que se enfrente la inflación galopante “sin desviar los objetivos de desarrollo a más largo plazo” y “minimizar cualquier riesgo de malestar social”? Esto que demandan sólo podría lograrse permitiendo a las economías emergentes atender ya las demandas sociales de sus pueblos, única vía para minimizar riesgos de malestar social. Estos, ya está plenamente comprobado, son consecuencia de las políticas englobadas en el modelo neoliberal.

Es un hecho histórico que cuando un gobierno pretende salirse del marco trazado por el Grupo de los Siete, inmediatamente se le ponen todo tipo de obstáculos. Sobran ejemplos en América Latina, el más dramático por sus consecuencias en los últimos años, fue el caso de Brasil. Ahora, por imperativos geopolíticos, podrá revertirse el daño causado con el “golpe” legislativo contra Dilma Rousseff, en agosto de 2016, que puso fin a los avances progresistas que puso en marcha el gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva, de enero de 2003 a enero de 2011. El próximo 2 de octubre el pueblo brasileño tendrá la oportunidad de regresar la estafeta al ex obrero metalúrgico, como todo apunta que así habrá de suceder.


CRIMINAL SEGUIR ATADOS AL YUGO DEL NEOLIBERALISMO


Por lo pronto, aquí seguiremos atados al yugo del neoliberalismo que se pretende desvirtuar con demagogia que cae por su propio peso. No será con un mayor número de visas a braceros por parte del gobierno estadunidense como se resolverá la causa estructural del problema migratorio, sino creando condiciones concretas en cada país expulsor de trabajadores para ir paliando el flagelo. Pero esto es inaceptable por los países receptores de mano de obra barata debido a las consecuencias predecibles: a menor mano de obra indocumentada, mayor obligación de pagar el valor real a los trabajadores con derechos.

Esto lo explica claramente Zygmut Bauman en su libro La globalización. Consecuencias humanas: “(…) la parte desarrollada del mundo se rodea con un cordón sanitario de falta de compromiso, erige un Muro de Berlín global; toda la información que viene de ‘allá afuera’ se refiere a guerras, asesinatos, drogas, saqueos, enfermedades contagiosas, refugiados y hambre; es decir, a algo que nos amenaza”. Es la disculpa ideológica para justificar su firmeza para combatir, cuando así conviene, a la población expulsada por la pobreza, la marginación y la descomposición social en sus países, situación provocada por las naciones que se enriquecieron con la expoliación de sus recursos.


MAYORES COSTOS AL PUEBLO CON LA VISITA A LA CASA BLANCA


La visita a Washington del presidente López Obrador fue el sello del compromiso que asumió al momento de ejercer el mando del Estado mexicano: no desviar “los objetivos de desarrollo a más largo plazo”, y sobre todo, “minimizar cualquier riesgo de malestar social”, compromisos que ha cumplido cabalmente en el lapso que lleva en Palacio Nacional. Pero a un altísimo costo financiero en el mediano plazo que redundará en malestar social al final del sexenio: “los que menos tienen” verán aún más reducido su nivel de vida. Esto lo patentiza el compromiso de invertir mil 500 millones de dólares en infraestructura en la frontera norte, mientras la cúpula empresarial se quedará con los beneficios de las inversiones prometidas por sus colegas estadunidenses: 40 mil millones de dólares.

MemoF.Q@hotmail.com

Twitter: @VivaVilla_23


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