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  • Foto del escritorLibertad Diario

JUVENTUD AMARGO TESORO

A lo largo de la Historia, la juventud ha sido la etapa de la vida en la que el ser humano vive, sin tener conciencia plena, lo que se define como felicidad: el gozo de lo que nos ofrece la naturaleza en consonancia con el disfrute de un yo posesionado de sus sentidos, sin más restricción que los prejuicios sociales y el nivel cultural alcanzado por la sociedad. Sin embargo, ya adentrado el siglo XXI en su segunda década, tal situación se ha visto modificada rápidamente, pues los jóvenes se ven obligados a enfrentar una realidad ajena al modo de vida optimista, el cual era el resorte que impulsaba al joven a buscar una mejor vida que sus ancestros.

Ser optimista, en esta época, es un tipo de desajuste emocional, o una forma de futilidad propia de sectores privilegiados que desconocen la realidad circundante. Quienes nacen en un hogar donde el optimismo es una derivación de privilegios, no tienen conciencia de su situación ventajosa; de ahí que, al llegar a la adolescencia, esos jóvenes empiecen a sentir la necesidad de buscar salidas falsas a su aburrimiento. Aquellos, la gran mayoría, nacidos en hogares sentenciados a la disfuncionalidad, el optimismo es como el fruto prohibido en el Paraíso. Son jóvenes “nacidos para perder”: traen el estigma de formar parte de la población prescindible.

Podría afirmarse que esta es la principal amenaza para la juventud sentenciada a la inmovilidad social, en el mejor de los casos, pues el peor es integrarse a los ejércitos del crimen organizado (organizado por el Estado, lo cual le otorga impunidad), en una aventura que les podría reportar beneficios en el corto plazo, desgraciadamente de muy poca duración. En el lado opuesto, el de la minoría privilegiada, la realidad es diferente sólo en la superficie: ese joven (hombre o mujer), está condenado a ser un robot cargado de responsabilidades, o ser un “príncipe o princesa” neofeudal carcomida su alma por la vaciedad de sus vidas.



El joven, en la actualidad, está condenado a llevar una vida alejado de sí mismo, a desconocer sus potencialidades de ser humano, no sólo por el vértigo de los acontecimientos que rebasan su posibilidad de comprender sus causas y efectos (en su niñez no tuvo oportunidad de poner en práctica su curiosidad innata, embebido en el mundo virtual de su computadora como el único juguete que le reporta cachitos de “felicidad”), sino por el endurecimiento de sus sentimientos al enfrentarse a una cotidianeidad donde son un estorbo. Muy pronto, ese niño extraviado empieza a comprender que no tener sentimientos le hace la vida más fácil, situación que confirma en su casa con sus padres, cada uno absorbido por sus sinsabores, amarguras, frustraciones y sueños rotos.

La inocencia infantil es un anacronismo, no en la forma sino en el fondo de su significado. No hay lugar para que surja, espontáneamente, como un rasgo demostrativo de resabios de humanidad en un entorno desquiciante. El mostrar ingenuidad es condenarse a ser víctima de violencia en la escuela, de ser escarnio de quienes tienen plena conciencia de que el mejor escudo contra posibles victimarios es mostrarse más duro de lo que se es en realidad. De ahí que la inocencia, en vez de ser el estado emblemático en la niñez, se haya convertido en una carga estorbosa que debe ser desechada. Así lo advierten, apenas empiezan a tener conciencia, tanto en las series televisivas, en los juegos en sus tabletas, en los noticiarios que ven sus padres donde la violencia, en todas sus formas, es el tema recurrente.

En la vida “moderna” todo está en contra del niño (hombre o mujer); pareciera que la sociedad está empecinada en acortar lo más posible esa etapa de la vida; no sólo porque se les ve como una carga, sino porque los propios niños quieren dejar de serlo, y cuanto antes mejor. Esta realidad es visible en todos los sectores y clases sociales, aunque con mayor dramatismo, por sus consecuencias, entre la población que vive al día. Todo está en contra de la niñez, sean ricos o pobres, por la creciente deshumanización de las relaciones sociales. De ahí que esté aumentando el número de suicidios entre los infantes, el número de hechos sangrientos en que se ven envueltos, el número de violencia intrafamiliar donde niños son las víctimas.



¿Qué valores puede aprender un niño (hombre o mujer) que desde que empieza a caminar y tener conciencia de su entorno sufre la peor tortura que es la soledad? La ausencia de amor es el primer “valor” que aprende; se trata de un estigma que viene de generaciones atrás, como si fuera un distintivo de la vida “moderna”. Erich Fromm lo define así: “El carácter del niño es modelado por el carácter de sus padres, en respuesta al cual se desarrolla”. ¿Qué carácter puede tener un niño cuyos padres conviven como si fueran enemigos, por traer sobre sus espaldas un morral cargado de angustia y frustraciones?

De ahí que se esté profundizando la brecha social entre la minoría que disfruta de privilegios en exceso, y la gran mayoría que carece de lo indispensable. Los resultados de este proceso “modernizador” están a la vista, con un dramatismo que se oculta en el distanciamiento entre padres e hijos, en hogares disfuncionales; entre las élites, la forzosa aceptación, desde la infancia, de un modo de vida enajenante. En el primer caso, el resultado lo vemos en niños con desajustes emocionales que, de no ser diagnosticados a tiempo, desembocan en serios problemas sicológicos y siquiátricos. En los hogares de la oligarquía, niños orientados a seguir los pasos de sus padres, como sucedía en las monarquías hereditarias.

Viene al caso el video que, gracias al Internet, pudimos ver recientemente: en una convención convocada por el grupo de los 300 líderes más destacados del país, un adolescente de 14 años ofrece un discurso que no deja lugar a dudas sobre su excelente aprovechamiento en las aulas. Pareciera un adulto con voz infantil, pues su concepción del mundo y de la vida es propia del modo de pensar de un adulto. Tiene muy claro su compromiso de liderazgo, enmarcado en un individualismo irreductible, en “valores” sociales donde no tienen cabida los “otros”. Al final de su alocución, se felicita por formar parte de una clase gracias a la cual el país tiene futuro. Su mayor dicha, puntualiza, será constatar que, al llegar a la edad adulta, los 300 personajes ahí reunidos serán relevados a su entera satisfacción.

Sin decirlo explícitamente,  él se mira entre esos 300, para eso se está preparando. Lo asombroso es la total ausencia de asomo a un mundo mínimamente distinto al de los personajes con liderazgo empresarial. De ahí la pregunta obligada: ¿Qué viabilidad podría tener un país con perspectiva neo feudal, cuyas contradicciones irán aumentando por el dinamismo de una sociedad que se niega a ser estratificada de manera tan radical y deshumanizada? Tal es la esencia de la actual lucha de clases: los privilegiados no escatimarán esfuerzos ni gastos en evitar perder uno solo de sus privilegios; los que carecen hasta del derecho de comer tres veces al día, decididos a lograr cuando menos esa elemental prerrogativa.



Sin embargo, mientras más pasan los años, mientras más se esfuerzan los desheredados por mejorar su situación incluso bajo las reglas que les impone la cúpula oligárquica, mientras más se demuestra la inviabilidad de cambios justos sin echar mano a la violencia justa, más se patentiza que la condición humana conlleva el estigma de Caín con el que han cargado los seres humanos desde el principio de los tiempos. El hombre seguirá siendo el lobo del hombre, y el macho alfa seguirá como presencia irreductible, pues sólo de ese modo se tendrá la garantía de que la manada deshumanizada no se desgarre entre sí misma.

Es el Destino Manifiesto al cual han recurrido los grandes imperios para justificar sus ambiciones, su derecho a ser el macho alfa de los pueblos subyugados. Qué mejor que perpetuar este objetivo con métodos más “racionales”, como el de acortar los plazos que impone la fisiología al desarrollo del ser humano. Mientras más se acorten se obtendrán resultados palpables y menos costosos: los niños predestinados desde el vientre de su madre a ser nuevos esclavos, que lo sean sin necesidad de gastos innecesarios. En sentido contrario, aquellos que ya nacen para ser “machos alfa”, no por sus cualidades sino por su condición social privilegiada, facilitarles el camino, tal como lo ejemplifica ese niño obligado a ser adulto sin pasar por una adolescencia riesgosa, que lo es en la medida que los cambios hormonales implican otros que escaparían al control de conductas ajenas al modelo establecido por el “macho alfa”, sean 300 o 30 o diez líderes dispuestos a todo para mantener su liderazgo.

A ello obedece, en la actualidad, la formulación de mecanismos conductuales que llegan al absurdo, como el del “lenguaje inclusivo”. Así lo expresó Octavio Paz: “Cuando una sociedad se corrompe, lo primero que se gangrena es el lenguaje”. Lo constatamos diariamente, con gran preocupación porque la gangrena es producto de una herida provocada desde el poder. Sin embargo, como lo ha mostrado el más grande lingüista de nuestro tiempo, Noam Chomsky, citando a otro pensador inmortal, Wilhelm von Humboldt (hermano de Alexander): “En rigor, ni siquiera el lenguaje puede enseñarse, sino que debe ¨despertar en la mente: sólo puede proporcionársele el rumbo por el que habrá de desarrollarse en forma autónoma¨”.

 


Lo anterior explica la causa de instrumentar el polémico “lenguaje inclusivo”: un mecanismo que se ideó, desde las élites, para facilitar el paso vertiginoso entre niñez y edad adulta; mecanismo que se complementa con el de convertir en una “causa progresista”, el derecho individual de la sexualidad como ejercicio privado y convertirlo en una “bandera” pública, con la cual se puede tener libertad plena para ejercer una sexualidad corrompida. El problema, en la actualidad, es la creación de un arma que se usa con fines ideológicos y un disfraz progresista, cuando en el fondo su verdadera finalidad es debilitar el proceso libertario consustancial a la humanidad en todos los tiempos.

Somos testigos de una descomposición social irreversible, que golpea inmisericordemente a los desvalidos de siempre, ahora con la carga neo feudal de la inmovilidad social en todas direcciones. El Estado benefactor significó una tregua después de la Segunda Guerra Mundial. Europa fue la más beneficiada al finalizar el Holocausto; no sólo con un propósito reivindicatorio, sino de recuperar los años perdidos conforme al objetivo de liderar a la humanidad por designio “divino”, ahora con el poderío incontrastable del imperio más ambicioso que más se benefició con la mayor matanza producida por el hombre en tan poco tiempo.

De nueva cuenta, fue la niñez la que más sufrió los embates sádicos del totalitarismo. La perdurabilidad del diario de Ana Frankes la síntesis por antonomasia del insufrible paso fugaz de la niñez sin haber gozado sus privilegios naturales. Se creyó que los menores de edad no volverían a padecer los sufrimientos derivados de la Revolución Industrial, proceso que mostró el verdadero rostro del capitalismo depredador aun sin reglas ni normas legales que frenaran a las “hienas voraces” con rostro humano - “emprendedor”. El freno se consiguió con la organización de los trabajadores a un costo impagable de sangre-, orientada al fin común de reducir los horarios inhumanos, nueva esclavitud que diezmo millones de niños y adolescentes en los países industrializados.

La situación de los que iban a la zaga, los hoy conocidos como el Tercer Mundo, sumidos en un anacrónico feudalismo, era igualmente dramática; aunque sin la negrura del carbón de las fábricas, mitigada por el sol calcinante en las parcelas en el día, y el cielo estrellado como un manto luminoso durante las noches. El fin de la conflagración mundial, al constatarse la dimensión mortífera de la bomba atómica, trajo un corto periodo de esperanza entre la población sin futuro. Pero fue tan mínimo que generó un pesimismo de “rebote”, al quedar Berlín dividido entre los países que derrotaron el nazi-fascismo: un cruel anuncio de que la guerra continuaría en su nueva fase económico-financiera, sin el estruendo y el calor de las bombas y los balazos.



Sin embargo, no puede decirse que la situación del Tercer Mundo haya mejorado en los últimos ochenta años. La Organización Mundial de la Salud advirtió que once millones de niños mueren cada año en el mundo en desarrollo, “un genocidio silencioso que pudiera traducirse en un fin inmediato si los recursos se dirigieran a las necesidades humanas en vez del enriquecimiento de unos pocos”, como apunta Chomskyen su libro Lo que realmente quiere el Tío Sam. Como aún no se tienen cifras definitivas pos pandemia de Covid-19, puede señalarse, sin temor a equivocación, que la realidad de la mortandad infantil en las sociedades tercermundistas es mucho peor actualmente: sus secuelas continúan latentes.

Ni que decir que la desigualdad social, problema endémico del subdesarrollo, se habrá de profundizar, y que los más afectados serán los niños y adolescentes. No es casual que el índice de suicidios en este nivel de población esté creciendo dramáticamente. Tampoco lo es que México ocupe uno de los primeros tres lugares, a nivel mundial, en este renglón demostrativo de la gravedad de una descomposición social cuyas raíces merecen estudios más a fondo. Basta ver cómo las cárceles se nutren de carne fresca de jóvenes que apenas rebasan la adolescencia, para entender el fenómeno más dramático de nuestro tiempo: la perversidad de un sistema de gobernanza orientado a quitar al gobierno responsabilidades sociales que implican gastos sin  ningún beneficio político.

Las consecuencias están a la vista: el problema carcelario en el mundo es un símbolo del sentido deshumanizador de la globalización bajo estrictas formas capitalistas. Si en décadas atrás se hacían esfuerzos por “humanizar” las prisiones, en la actualidad los gobiernos no pierden el tiempo en continuar experimentos sin sentido; lo son en cuanto que la cárcel no ha servido para rehabilitar a jóvenes condenados por la sociedad de consumo a formar parte del ejército de “penitenciarios”, o sea aquellos que resulta imposible “capacitar” para llevar una vida productiva normal. Mucho menos ahora que la élite oligárquica ha visto que las cárceles son un nicho más para hacer negocios sin riesgo de pérdidas.

Así lo explica Zygmut Bauman en su libro La Globalización: “Los esfuerzos para hacer trabajar a los presos pueden ser eficaces o no, pero sólo tienen sentido si les esperan puestos de trabajo, y cobran ánimo del hecho de que el trabajo los aguarda con impaciencia. La primera condición casi nunca se cumple; la segunda brilla por su ausencia”. Se cae en el terreno de la utopía suponer que jóvenes acostumbrados a ganar sumas de dinero exorbitantes, como simples mensajeros o “halcones” de las bandas delictivas, van a conformarse con uno o dos salarios mínimos, en el supuesto caso de que algún familiar les ofreciera un trabajo con ánimo rehabilitatorio.



Mucho menos cuando la realidad es una invitación a buscar los caminos fáciles para llevar una vida “confortable”, es decir sin esfuerzos ni necesidad de competir por un puesto de trabajo. ¿Para qué si hay mecanismos que facilitan las vías para llevar una vida según los modelos a seguir marcados por la televisión, como la prostitución en todas sus formas, no sólo la de la carne? ¿Acaso no proliferan, por su rentabilidad, grupos “musicales” orientados a fortalecer un modo de vida que propicia la descomposición social, conforme a las necesidades de los beneficiarios de un estado de cosas deshumanizador por su misma esencia?

La realidad real nos muestra un mundo en el que todo está en contra del sano desarrollo de niños y jóvenes. Lo ejemplifican objetivamente los “llamados procesos globalizadores”, que analiza Bauman en el libro mencionado. Puntualiza que “redundan en la redistribución de privilegios y despojos, riqueza y pobreza, recursos y desposesión, poder e impotencia, libertad y restricción. Observamos una re estratificación mundial, en cuyo transcurso se crea una nueva jerarquía sociocultural”. Niños y jóvenes se ven condenados a enfrentar un mundo al borde del caos, un mundo que no les permite afianzar un concepto concreto del mundo y de la vida, situación que los va convirtiendo en seres propensos a la depresión y sus consecuencias de corto plazo: desinterés por la curiosidad innata que caracteriza al ser humano, indolencia ante los retos que se le presentan y que al no superarlos provocan un estado de frustración, búsqueda de satisfactores ilusorios que compensen  el malestar que se va acumulando en el subconsciente.

El camino más fácil para el joven al borde de una crisis existencial, en el mejor de los casos, es el aislamiento kafkiano en espera de una metamorfosis milagrosa, pues como señala Chomsky, citando a Wilhelm von Humboldt: “El hombre aislado no es más capaz de desarrollarse que el que se halla encadenado”. Encadenado está el niño que nace con la enorme desventaja de la pobreza endémica; encadenado está igualmente el joven que creció con lastres que le habrán de restar no sólo oportunidades de desarrollo integral de su personalidad, sino de años de vida útil. De ahí su afán, consciente o no, de vivirlos intensamente, situación de la que se aprovecha un sistema que ve en la masa la carne de cañón para enfrentar los retos de una economía al servicio de los depredadores que tienen todo para justificar su depredación.



Pues como afirma Fromm en su libro Ética y Psicoanálisis: “Toda neurosis es el resultado de un conflicto entre los poderes congénitos del hombre y aquellas fuerzas que bloquean su desarrollo”. De ahí que la neurosis sea una pandemia invisible que se deja crecer porque no afecta la estructura del Estado depredador (el que está al servicio de las cúpulas oligárquicas insensibles a toda manifestación social que les puede ocasionar  pérdidas). Sin embargo, tarde o temprano se exacerban los efectos del absoluto  desdén al sufrimiento humano, como se ha visto en el transcurso de la historia, cuya manifestación más desgarradora, en estos últimos meses, es el genocidio que el gobierno israelí, con el apoyo de los poderes fácticos en Washington, lleva a cabo en Palestina.

Ni que decir tiene que quienes más sufren en esta cruel devastación genocida son los niños y adolescentes, cuya vida fue trastocada ya para siempre. Lo mismo sucede, aunque no con el dramatismo que en la Franja de Gaza, en los pueblos tercermundistas obligados a no salir de su perenne subdesarrollo, por convenir así a los intereses de plutocracias trasnacionales cuya deshumanización es congénita. Pues como señala Heinz Dieterich en su libro Las Guerras del Capital. De Sarajevo a Irán: “La lógica histórica de los poderosos ha sido que la guerra es un buen negocio, siempre que la superioridad sea tal que el botín exceda con creces los costos humanos y materiales propios”.

Así seguirá siendo, desgraciadamente, hasta que la humanidad ponga fin al círculo vicioso de los beneficios que dejan las guerras a los depredadores. La pregunta, que no se hacen los que pueden responderla, es si antes de lograrlo no se destruye a sí misma la mal llamada Civilización. La gran paradoja de nuestro tiempo es que la humanidad, hoy tiene todo para consolidar un mundo con un futuro luminoso; pero en igual sincronía, para destruirse a sí misma en un plazo en que el tiempo ya no será un factor para lograr nada. Este proceso es como estar metidos en un laberinto, donde encontrar la salida implica el riesgo de no salir con vida.

Mucho menos si quienes pueden avanzar con más bríos y visión más aguda, los jóvenes, ni siquiera tendrían ánimos para poner un pie dentro del laberinto; y los que están siendo preparados para que lo hagan, antes de dar un paso en esa dirección, correrían asustados por la negrura y el soplo de aire putrefacto salido de la enorme caverna laberíntica. De ahí que sea imposible soslayar el hecho de que el futuro de la humanidad pende de un hilo, y afianzarlo o romperlo es un asunto que la población, en la segunda década de su vida, tendrá que enfrentar, esté o no preparada, tenga o no condiciones para hacerlo. No es ocioso señalar que los retos serán más dramáticos para analfabetas funcionales; pero quienes tienen la preparación suficiente, por sí solos no podrán enfrentarlos. Un dilema que la humanidad nunca ha arrostrado: jamás en cinco mil años se ha visto ensombrecido su futuro por el choque generacional de hoy entre dos grupos inconexos: la juventud sin futuro, y los ancianos imposibilitados para ser la sabia senectud del pasado.




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