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CAIDA DE CASTILLO, ADVERTENCIA PARA LOS OPORTUNISTAS

Guillermo Fabela Quiñones


Lo sucedido en Perú es la confirmación de que la única posibilidad de que América Latina logre avanzar en los ámbitos político y económico es con pueblos concientizados que frenen a las élites atadas a los intereses de la hegemonía que ejerce el capitalismo global. Que esto es utópico no cabe duda, mucho más en este momento, cuando el gobierno estadunidense está decidido, conjuntamente con los países que conforman el Grupo de los Siete (G7), a consolidar su poder geoestratégico para neutralizar el poderío de China y Rusia, estados que saben el riesgo que corren no sólo ambos, sino la humanidad en su conjunto, de continuar el rumbo consensuado en Washington hace cuatro décadas.

Los estados que conforman el G7 han cerrado filas con el objetivo de poner los mayores obstáculos posibles a las dos potencias que tienen capacidad para enfrentar la hegemonía occidental, la cual se ha basado en la explotación de sus zonas de influencia, cada vez con mayor intensidad por el desarrollo científico y tecnológico que poseen. América Latina es víctima propiciatoria de tal enfrentamiento ineludible, por tener que compartir el continente americano con Estados Unidos, territorio que la Casa Blanca considera como suyo, a partir de que sus fundadores encontraron la fórmula ideológica para justificar sus ambiciones extraterritoriales: el Destino Manifiesto.



LA IZQUIERDA EN AL, CADA VEZ MÁS ALEJADA DE LOS PRINCIPIOS


En el siglo pasado, la Patria Grande que soñó Simón Bolívar sufrió el trauma imborrable de las constantes intervenciones de las tropas estadunidenses, siempre contando con el apoyo de las oligarquías criollas. Esto sigue sucediendo en la actualidad, sin el dramatismo de antaño ni los genocidios que fueron el corolario del intervencionismo yanqui, que tan bien analizó Charles W. Mills en su libro Escucha Yanqui, luego del triunfo de la Revolución Cubana, el cual hoy es lectura obligada para entender con claridad las contradicciones en las corrientes de izquierda, cada vez más alejadas de los principios y más cerca del oportunismo, motivo por el que se facilitan los golpes de estado como si fueran suicidio.

La Casa Blanca y el Pentágono no necesitan meter las manos ni mandar tropas a liquidar gobiernos de “izquierda”, pues para ello cuentan con el pragmatismo de quienes asumen el poder engañando a las masas, y una vez en el poder son derrocados fácilmente, como acaba de suceder en Perú, gracias a la irresponsabilidad de las dirigencias de partidos con sello progresista que en los hechos tiran por la borda. El golpe a Pedro Castillo estaba anunciado desde su arribo a la Presidencia, como se traslució desde un principio por su carencia de plan de gobierno, su falta de conciencia política, su temor a las amenazas de la élite oligárquica que demostró al pedir la renuncia a su principal y único personaje capaz de ayudarlo a madurar y seguir el camino que lo llevara a contar con capital político real.



CRECIMIENTO DEL NEOFASCISMO EN EU, PELIGRO CONTAMINANTE


Lo sucedido en Perú debe verse como un llamado de atención a los pueblos latinoamericanos, pero sobre todo a los dirigentes de fuerzas democráticas y progresistas, a que asuman el compromiso histórico que les corresponde en esta hora de nuevos horrores, auspiciados por el crecimiento del neofascismo al interior del sistema político estadunidense, la descomposición social tan grave producto de la desigualdad tan dramática que trajo el neoliberalismo, y la voracidad inherente de las élites, actitud que contaminó a las dirigencias de organizaciones con careta de progresistas.

La falta de congruencia y el pragmatismo de estas es lo que ha facilitado el derrumbe de expectativas de desarrollo de los pueblos de la Patria Grande. Ahora la única esperanza de que se ponga un freno a las ambiciones hegemónicas de las élites estadunidenses está en la firmeza del gobierno de Luiz Inacio Lula da Silva, que en este momento está en riesgo en tanto no asuma el poder y lo use conforme a la necesidad imperiosa de construir un muro de contención capaz de resistir las embestidas de las fuerzas ultra conservadoras disfrazadas de redentores sociales, las cuales fueron decisivas para llevar al poder a Jair Bolsonaro.



SIN CONDICIONES OBJETIVAS PARA UN GOLPE DE ESTADO AQUI


En su favor está el contrapeso geopolítico que significa ser miembro del grupo BRICS, que puede ser aleatorio y hasta inútil si al interior del gobierno no se consolida un proyecto de nación incluyente y al mismo tiempo sin fisuras, como conviene desde el inicio del gobierno. En este periodo de transición hacia posturas definitorias de lo que habrá de ocurrir la década siguiente, a México le compete una responsabilidad mayúscula por ser país fronterizo del imperio. De ahí que el presidente López Obrador actúe con pragmatismo a veces incomprensible, pero que sin duda le ha servido para neutralizar las embestidas de sus malquerientes: los conservadores emparentados con los de la nación vecina por su concepción supremacista del mundo.

Lo sucedido en Perú y el acoso a la vicepresidenta de Argentina se quiere ver como una advertencia al mandatario mexicano. No viene al caso por la sencilla razón de que López Obrador, en sus cuatro años de mandato, la mayor parte de sus políticas públicas obedecen al imperativo de salvaguardar su proyecto de nación, transexenalmente, bajo un común entendimiento con la Casa Blanca. No hay condiciones objetivas para un supuesto golpe de estado en nuestro país, porque el pragmatismo que ha sido el principal factor de su modo de gobernar, se ha encauzado hacia la construcción de una maquinaria de poder real, como las fuerzas armadas, la cúpula de la oligarquía y una base social cuya despolitización abona a su proyecto.



CRIMEN ORGANIZADO, PELIGRO PARA LA ESTABILIDAD POLITICA


Lo más preocupante en este momento en México es el peso del narcotráfico como factor de disolución social. El crimen organizado se convirtió en un peligro para la estabilidad política en el corto plazo, lo cual se apreciará con mayor dramatismo en los dos años que faltan para que finalice el sexenio. Ken Salazar, el embajador de Estados Unidos es un mediador confiable para ambos gobiernos, lo que resulta positivo en una relación bilateral inevitable y explicablemente muy cargada hacia el país vecino.

En esta situación, lo único que queda es evitar confrontaciones que lleven al rompimiento del equilibrio funcional para los dos países; que las fuerzas democráticas y progresistas más consistentes asuman su compromiso de motivar la conciencia de las clases mayoritarias, y que se siembren condiciones para que una elemental ética adquiera preeminencia en el comportamiento de las élites, lo cual implica llevar a cabo una reforma del Estado que por ahora no se vislumbra.


Memo.FQ@hotmail.com

Twitter: @VivaVilla_23


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