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  • Libertad Diario

EL PATRIARCA ES EL PATRIARCA

Abrazo eterno,

a los amigos y amigas

que en esta pandemia se han dormido.

Antropólogos de saberes, filósofos de vida.


Había una vez un imperio que por casi seiscientos años había sido saqueado. A pesar de las grandes dificultades, guerras, pestes, hambrunas, pésimos patriarcas, iba creciendo poco a poco.


Un día, cansados de tanto saqueo, corrupción, violencia, autoritarismo, vejaciones, pobreza, muertos, impunidad y muchas otras cosas, las tribus locales volvieron a aliarse, como lo hicieron ancestros quinientos años antes, para lograr que un patriarca otoñal, que había luchado tanto por quitarles el poder a otros patriarcas, fuera el elegido.


La esperanza reinaba. Hubo fiestas y emoción en la gente, porque al fin, alguien había pensado en ellos y les prometía mejorar sus vidas. Sin embargo, al poco tiempo de su gobierno, la decepción empezó a llegar.


El pueblo de ese imperio no se explicaba por qué el Patriarca elegido estaba llevando a otro despeñadero a ese imperio. A cada problema, a cada dificultad, a cada responsabilidad que le tocaba, el Patriarca decía siempre: Es culpa del pasado.

Durante un tiempo, muchos de sus cercanos se atrevieron a decirle que el Hoy es hoy; que el pasado puede ser el culpable de muchísimas cosas, pero el presente era su responsabilidad. No me gusta su modito, les dijo y los corrió de su lado.


Sus zalameros insistían en que el mejor argumento contra todos los problemas o dificultades, era el pasado. Es entendible, porque ellos solo podían ver lo que llevaban dentro, es decir: miran y culpan al pasado, porque ellos son precisamente ese pasado: intolerancia, corrupción, antidemocracia, totalitarismo.


Un día, en reunión de zalameros, le sugirieron hacer una rifa y él preguntó ¿qué rifó?, y alguien le respondió, un pájaro de fuego; pero eso no se vende, dijo el Patriarca; es para distraerlos, remató el cercano; eres un canallín le dijo; y todos soltaron sonora carcajada.


La historia cuenta que muchos atrevidos, pero con el corazón en la mano, se le acercaron para preguntarle por qué se negaba a reconocer que, entre sus cercanos, sus operadores e incluso en su familia, había una práctica de corrupción, en algunos casos escandalosa.


Le explicaron que esa indiferencia rayaba en la complicidad y montó en cólera. No somos iguales, respondió tajante, molesto, enojado, pero no dio respuesta.


Le volvieron a demostrar que en efecto, era cierto, absolutamente cierto que así fue ese pasado al que había que castigar, pero con el ejemplo y con las leyes, no con la indolencia o con leyes propias. Fue cuando sí reaccionó furibundo y espetó a los presentes: no somos iguales, ellos sobornaban y son ladrones; nosotros recibimos aportaciones del pueblo, somos honestos.


Otros atrevidos le dijeron también, que era ciertos del pasado, los excesos, las simulaciones, los abusos de poder, una corrupción ofensiva y lacerante para su pueblo; incluso le recordaron que fue precisamente por eso, por lo que lo prefirieron sobre otros aspirantes a Patriarcas.


Le dieron detalles sobre los aberrantes casos de totalitarismo unipersonal que avasalló a su pueblo: muertos, violencia, abusos de poder, complicidades e impunidades. Por eso era importante, le dijeron, tener lugares, instituciones les llamaron, con criterios propios para hacer las cosas, aplicar la ley, cuidar los derechos de la gente, apoyar a las mujeres, etc. Le explicaron lo terrible que han sido las dictaduras no sólo en su imperio, sino en otros imperios. Ilusos, les dijo y se alejó sonriendo.

Otros más, le pedían que tuviera mesura, que no dividiera a su pueblo en aliados o enemigos. Le trataron de hacer entender que un Patriarca, guía, concilia, armoniza, hace política no politiquería. Yo tengo otros datos, dijo, y remató la plática.


Hubo algunos cercanos que le expusieron con respeto a sus canas, que tantos años de lucha podrían perderse en la desdicha o generar decepción en su pueblo, si no había un cambio verdadero; y ese cambio viene de dentro, le dijeron. Nunca supieron su respuesta.


Hubo soñadores, que le insistieron en que la construcción de un nuevo imperio era trabajo de todos y que su gran misión, podría ser la de coordinar y dirigir ese orden, no de confrontar a su pueblo, dividirlo. Al parecer, siguen soñando.


Se atrevieron a pedirle un poco de humildad, para reconocer los errores, castigar a sus cuarenta ladrones, escuchar otras voces, aceptar que no siempre tiene la razón lo haría más grande, y sin duda pasaría a la historia como un gran líder. Ni Pio dijo.


Cuenta la historia que el pueblo entró en desesperanza. Hubo hambrunas; una epidemia mundial; mucha gente se quedó sin trabajo; las tribus pelearon entre sí. Hubo caos. Pero el Patriarca, como en ese pasado al que todo culpaba: ni los veía ni los oía. Sólo le importaba lo que él pensaba, decía o hacía.


En una ocasión alguien le escuchó decir: El Poder es el Poder y no se comparte, el Patriarca es el Patriarca.


En efecto, el Patriarca es el Patriarca.

Soñó con serlo, peleó durante muchos años para serlo. Recuerda cómo lo golpearon y tiene la convicción de cobrar cada una de las heridas, que ya no sangran pero están en el recuerdo. Sabe quién, cómo y por dónde lo atacaron y se juró cobrar diente por diente. No tiene rencor, solo buena memoria.


Para que sus tribus lo sigan, el Patriarca miente, todo el tiempo miente. Es un profesional de la mentira. No le importa hacerlo, hasta se debe divertir. En la cima del “pinche poder”, el Patriarca se siente intocable, invulnerable, eterno; quien no lo adula, lo respeta o lo idolatra es su enemigo: estás conmigo o contra mí.


Sus tribus seguidoras, son sumamente limitadas en el ejercicio del Poder. En su visión tribal, no hay ley que se deba respetar, no entienden de un marco de leyes, porque su único referente es su Patriarca. Él es la ley y en consecuencia las tribus son la ley. No entienden de respetos institucionales porque para ellas no hay instituciones, en todo caso, primitivamente dicho, para ellas, ellas son las instituciones.


Las tribus, no son democráticas, jamás lo serán. Son bárbaras, intolerantes, intransigentes, arbitrarias. Ni siquiera se dan cuenta que lo son, porque así es el pensamiento primitivo. Solo entienden la “ley del garrote”, un abuso absoluto del poder, violentando las leyes siempre y totalmente.


Los subgobiernos tribales, ejercen su control a punta de garrote, copian a pie juntillas el manual y el ejercicio del Patriarca. Su argumento siempre es reduccionista, primitivo: “nosotros somos el gobierno, ustedes no saben mirarlo porque están acostumbrados a verlo como se veía antes, como esos canallines que sojuzgaron y se burlaron del pueblo”.

Las tribus no piensan, solo acatan. Sus integrantes son peligrosos y no precisamente por inteligentes, sino por bárbaros, rijosos, pendencieros, intolerantes y abusivos. Las claras y respetadas excepciones, no tienen voz ni voto, porque las tribus no saben de dialogo, sino de gritos, ofensas y garrotes.


Todo Patriarca tiene sus cercanos, su gente de confianza, quien le da de comer, quien le administra los dineros, quien le cuenta las historias de su imperio. Por cierto, él no puede vivir en una casa simple, ni siquiera en la más grande del imperio. El Patriarca debe vivir en su palacio.


Esos cercanos, sus operadores, son de utilería, están siempre acotados por el Patriarca, dado su mesianismo protagónico y además porque como Patriarca, no necesita operadores, se basta a sí mismo.


Esos cercanos, sus operadores, lo saben, por lo tanto poco operan o le apoyan. Temen su furia si se atreven a hablarle con otro sentido, con otra visión, con otro pensamiento, sobre una realidad diferente a la que él mira. Lo mínimo que les espera, es que el Patriarca los corra de su entorno, contradiga, los regañe o los ridiculice ante su gente.

Esos cercanos, sus operadores, también tienen ambiciones. Por eso es que, sabiendo que el Patriarca no los necesita, se concentran en sus propias ambiciones; cuentan con el manto protector del Patriarca para cometer sus fechorías.


Las pugnas entre sí, son brutales, sangrientas, fantásticas, sublimes.


Esos cercanos, sus operadores, viven en conflictos internos, porque su naturaleza es la confrontación, los gritos y el conflicto. Además, quieren sentir un poco del Poder absoluto del Patriarca; sentirse poderosos es su deseo, su ambición, su meta ante el espejo.


Algunos de sus súbditos, de esos cercanos, tienen una práctica de corrupción sustentada en la moralidad y honestidad absoluta de su líder. “No somos iguales a esos del pasado”, es el simplismo retórico, con el que justifican todas sus corruptelas.

Todo lo que se diga sobre alguna corrupción de cualquiera de ellos, es resultado de los golpes que le han dado a sus adversarios del pasado, y no van a caer en sus provocaciones.


Sólo aquellos casos en que el Patriarca advierta un verdadero peligro hacia su intachable moralidad, actuará en consecuencia y manera rápida para salvar su imagen, no para sancionarla.


Al Patriarca no le importa si hay ladrones, asesinos, asaltantes de poca o mucha monta. Casi se puede decir que le caen como anillo al dedo, porque le ayudan a que el pueblo viva con el miedo diario.


Benditas madres de esas gentes, que están pendientes de ellos. Un día, incluso, fue hasta el pueblo de la mamá de uno de los más respetados, especialmente a saludarla; abrazos no balazos, dijo.


Desde su óptica, criminales y adversarios son lo mismo. Pero en su lógica, es mejor pactar con los grupos 7 criminales, y no con quienes disientan de él, sus adversarios.

La lógica es simple, a los criminales no les importa su Poder, lo que sí a los adversarios. Por eso con ellos no se pacta, se aniquilan, y más aún, porque sabe que han sido tantos sus errores, que en un descuido volverán al Poder y él se irá para siempre.


Él Patriarca tiene tres miedos: perder el Poder; que su grandeza no pase a la historia; y a la inteligencia de algunos de sus adversarios.


Por eso, hay que ser cuidadoso al confrontarse con él. Porque usará todos su recursos para aplastar y aniquilar los derechos ajenos. No le interesa matarlos, sino tenerlos bajo su yugo, porque ese placer alimenta su sofisma cotidiano.


Sin embargo, todo en la vida tiene un punto débil; y como tal, el líder tribal tiene un talón de Aquiles: otro líder tribal, con mayor inteligencia, honestidad, arrestos y calidad moral, para suplirlo; porque de que los hay los hay, me canso ganso.


Alejandro Tamayo

22 de agosto, 2020



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